Si tuviera que resumir la expedición en una sola frase, sería algo así como “altibajos emocionales”. Como quien está con una novia bipolar, la vida podía pasar de la euforia a un auténtico infierno en cuestión de minutos, y ello sin avisar. El mejor ejemplo de lo que digo sucedió el 3 de junio de 2010.

Vista desde el campo base – la montaña sombreada que aparece al fondo era nuestro objetivo
Nuestro objetivo era un gran pico que se cernía sobre la cabecera del río Noatak (Noatak River
Northwest Arctic, Alaska, EEUU). Con sus 1525 metros verticales desde nuestro campamento, parecía realizable, aunque sabíamos que teníamos un largo día por delante. El acercamiento empezó con un empinado ascenso de 700 metros a través de un terreno pantanoso. Drew resumió muy bien la caminata: “Está mojado, es inestable y hay millones de mosquitos – todo lo que más odio – y además es muy penoso”. Después de hora y media de sudar tinta llegamos a un pequeño lago de montaña y pudimos ver bien por primera vez la cara que queríamos esquiar. Era impresionante. Con sus 750 metros y una inclinación constante de 45 grados, la cara estaba atravesada toda ella por intrincados couloirs y precipicios. Justo lo que queríamos.
Un lago en la aproximación
Una hora después y tras la pausa del almuerzo llegamos a la base de la cara. De cerca, se había convertido en un amasijo de arroyuelos, montones de piedras y hielo. Las tormentas de la tarde anterior habían transformado lo que parecía una prometedora cara en un descarrilamiento de trenes. Aunque nos sentimos decepcionados al verlo todo tan distinto de lo que habíamos imaginado, seguimos devanándonos los sesos para encontrar una vía. Después de pensarlo bien, llegamos a la conclusión de que aunque se podía realizar el descenso esquiando, las condiciones eran demasiado impredecibles para seguir ascendiendo la cara. Optamos por un pico inferior que resultaría un poco más seguro y seguía ofreciendo buenas posibilidades de esquí.
Bien desde lejos, pero no de cerca
A mitad de camino, nos encontrábamos en un couloir que conducía al pico cuando escuchamos los primeros sonidos de lo que resultó ser uno de los fenómenos naturales más impresionantes que habíamos visto nunca. En el momento en que nos volvimos para mirar hacia nuestro objetivo, éste se licuó ante nuestros ojos. Durante veinte segundos, observamos con una mezcla de terror y asombro, cómo se convertía en agua la cara entera de la montaña. La nieve depositada sobre la cara había alcanzado tal punto de saturación que se había liberado en forma de avalancha. Como Todd observaría más tarde, era una riada de esas “sobre las que se lee en los libros de texto”. La cantidad de barro y rocas que bajaban la convertían en un corrimiento de tierras más que en ninguna otra cosa. Agradecí por lo bajo a las montañas por habernos avisado. Resignados tras la lección de humildad, buscamos el camino más seguro de vuelta al campamento, tanteando con cuidado cada ladera que cruzábamos.
La cara prácticamente se licuó
Sentimos alivio al descubrir que el pico inferior era más suave y su nieve más estable que la del pico al que aspirábamos al principio. Tras descender laboriosamente la parte más expuesta de la cara, nos encontramos en un gran semi-tubo natural de nieve comprimida que se esquiaba sorprendentemente bien. Finalmente, desembocamos en una estrecha hondonada con justo una capa de nieve para poder esquiar. A medida que la nieve comenzó a desaparecer, nos vimos obligados a quitarnos los esquís y a salir corriendo a lo largo del arroyo que se había formado, hasta que alcanzamos la siguiente mancha de nieve. En una de éstas, Lars, que normalmente hace un papel impecable, se había olvidado de volverse a poner las correas de las botas en posición de esquí. La situación resultante no fue buena: capa estrecha de nieve + río + botas mal atadas = vuelta de campana y caída al río.
En efecto, Lars dio la vuelta de campana y terminó en el río: fue absolutamente espectacular. Cuando sus esquís comenzaron a flotar corriente abajo, no sabíamos si reír o llorar. Parecía que Lars compartía nuestros sentimientos. Mientras permanecía en el arroyo con el agua hasta la cintura tratando de recuperar sus esquís, dejó escapar unas cuantas carcajadas por lo absurdo de la situación. Después de varios intentos, Lars los recuperó y seguimos nuestro camino.
¿Puedes encontrar los esquís?
Al poco salimos de la nieve y cambiamos nuestras botas de esquí por botas de travesía para continuar nuestra marcha hacia el campamento. No habíamos avanzado mucho cuando escuchamos los primeros estampidos de truenos. Lo que pensamos que iban a ser unas descargas aisladas, se convirtió pronto en una tormenta eléctrica generalizada que estaba a punto de engullirnos. Como parecíamos cuatro pararrayos con los esquís a la espalda, llegamos a la conclusión de que seguir avanzando de esa manera sería una misión suicida. Nos deshicimos de las mochilas, nos dispersamos y nos pusimos en cuclillas en posición de seguridad (nuestra decisión de dispersarnos fue tomada porque si una persona era alcanzada por un rayo la situación seguía siendo controlable, mientras que si lo era todo el grupo la situación se volvería un poco más grave). Ahora puedo decir que estar sentado a solas en posición de seguridad – mientras los truenos resuenan por encima, bajo un diluvio y a millas de distancia de la civilización – es un buen momento para la introspección. Al cabo de unos quince minutos de profunda espiritualidad, la tormenta eléctrica pasó y nos quedamos solo con la lluvia torrencial. Nos reagrupamos rápidamente y nos apresuramos hacia el punto amarillo de nuestra tienda que brillaba como un faro de esperanza entre la niebla.
Era alrededor de media noche cuando por fin llegamos a la tienda y comenzamos a preparar la cena. Empapados hasta los huesos, todos nos sentíamos aliviados al calor de nuestra tienda, a pesar de la estrechez del espacio. Como he mencionado antes, cuando alguien asomaba la cabeza fuera de la tienda y comenzaba a jurar, es que las cosas no iban bien. Drew estaba cocinando en el vestíbulo cuando lanzó una inesperada sarta de blasfemias que concluyó con un “el campamento está a punto de inundarse”. Como estábamos física y mentalmente exhaustos por los acontecimientos del día, nos llevó un tiempo registrarlo.
Nos abalanzamos todos fuera de la tienda y, para nuestro asombro, vimos que el Tupik Creek se estaba desbordando; el agua se dirigía rápidamente hacia nuestra tienda cuyo vestíbulo se encontraba casi en el recién formado canal. No hace falta decir que el susto fue terrible. Recogimos rápidamente todas nuestras cosas por orden de importancia y nos dirigimos a un terreno más elevado. Pasó una hora hasta que pudimos trasladar todo el equipo hasta una elevación e instalarnos de nuevo en la seguridad de la tienda. Cuando por fin pudimos cenar, bromeamos acerca de lo absurdo del día y sobre lo que haríamos si esa noche nos atacaba un oso, algo probable que sucediera, tal como iban las cosas.
¡Arne, va por tí!
Pasaron dos semanas y media antes de que nos enteráramos de que nuestro amigo, Arne Backstrom, había muerto aquella mañana en Perú. Pensando en todas las cosas de las que habíamos escapado por un pelo aquel día, creo que Arne ya estaba cuidando de sus amigos desde lejos. Consuela saber que aunque pensábamos que solo podíamos confiar unos en otros, en realidad había una presencia celestial que nos mantenía en el lado controlable de la catástrofe. Gracias amigo, te debemos una…
Report: cedido por Griffin Post www.griffinpost.com












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